“La Tierra es cuerpo celeste, y en ella todo es cielo”
Emanuele Coccia
Mi investigación se basó en el concepto de la miniatura que los pueblos aymaras utilizan como un precursor para originar o atraer lo real, y la importancia reside en su escala reducida. La creencia de que la práctica de la miniatura origina lo real, presupone el transcurso de un tiempo, por decirlo así, como si la miniatura creciera en tamaño hacia lo real con el correr del tiempo.
A partir de ello comencé a crear seres híbridos, interespecies a través del modelado de arcilla. Estos seres forman un ecosistema, un rincón habitable -la propia arcilla en crudo que proviene de la tierra- en donde coexistirán con la vitalidad de los otros elementos como plantas, musgos, hongos, y tierra. Durante el tiempo de exposición se transformarán, mutarán, deviniendo en otra cosa, según la propia fuerza vital y su entorno. Ese mismo entorno que en simultáneo habilita la vida de estos nuevos seres. El mundo es esa fuerza que transforma todo ingrediente en lugar y todo lugar en un elemento del mismo compuesto.
Éstos convivirán con una red de constelaciones fantásticas conformadas por una serie de papeles bordados, formando un universo de constelaciones que tendrá el carácter de ser flotante y podrá visualizarse en un radio 360, disolviendo de esta manera un anverso y un reverso. Esta cosmogonía, es ese cielo de constelaciones y esas cerámicas de la tierra que se vinculan, coexisten, se atraviesan y se modifican. La inmanencia es la que hace existir toda cosa al interior de toda otra cosa: todo está en todo. Es la relación que liga a las cosas entre ellas, la forma suprema de la sensibilidad que permite concebir al otro al mismo tiempo en el que el otro modifica nuestro modo de ser y nos obliga a movernos.